POR LA COSTA GRIEGA DE TURQUÍA: Asia Menor y las ciudades Jonias

Esmirna

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     El taxi que me lleva del aeropuerto a la ciudad circula a una velocidad de vértigo por la autopista en medio de una noche cerrada, espantosamente oscura. El taxista apenas habla, le he notado una miranda profunda y parece muy serio.


     Mi imaginación me transforma en el objeto de un secuestro perpetrado por las opacas fuerzas de seguridad de algún país oriental y me veo en una mazmorra con los ojos vendados. Un inesperado bache me provoca un sobresalto y la reacción me saca de los razonamientos de novela. Observo unos altos bloques de pisos levantados muy cerca de la autopista en un terreno yermo y estéril, parecen ramas secas en medio de un desierto, y pienso que son demasiado altos para los terremotos que con frecuencia asolan estas tierras. Entramos en la ciudad por el sur y el taxi se detiene en un semáforo, la primera vez que se para en todo el largo trayecto. Las palmeras de las aceras y las casas cuadradas de fachadas claras me recuerdan a cualquier ciudad fea de la costa del Levante español. He llegado a Esmirma el segundo puerto más importante de Turquía, la puerta del Asia Menor, y huele a mar.


    Esmirna me servirá de punto de partida para el Egeo y para conocer mejor esta antigua región seguiré algunas de las huellas trazadas por el escritor Javier Reverte en el detallado estudio de la cultura griega que hace en “Corazón de Ulises, considerado un clásico de la literatura de viajes y guía eficaz para entender el Asia Menor y las islas griegas cercanas a estas costas. En estos territorios, hoy pertenecientes a Turquía, antes llamados Jonia y también conocidos como Grecia Asiática, es donde floreció una buena parte de la antigua cultura helena que también el autor Antonio Penadés, excelente conocedor de estas tierras y de su historia, explica en “Tras las huellas de Herodoto. Crónicas de un viaje histórico por Asia Menor”. Su libro también me acompañará en este recorrido.


     El recepcionista del hotel no habla inglés así que nos hacemos entender a través del traductor del móvil. Después de registrarnos, al bajar a la calle para comer algo, la oscuridad sigue invadiendo cada espacio, cada rincón, donde decenas de gatos habitan libremente y los hombres, apostados en la acera, fuman sin parar un cigarrillo tras otro. El perfil de un hombre fumando una pipa humeante sigue siendo el símbolo para los baños masculinos. Posiblemente la expresión “fumas más que un turco” sea muy anterior a la tan castiza “fumas más que un carretero”, tan nuestra. Para la mujer el símbolo es un zapato de tacón.


Plaza de Konak Meydani en Esmirna con la mezquita Yali Camu00edi y la Torre del Reloj de 1901

Plaza de Konak Meydani en Esmirna con la mezquita Yali Camíi y la Torre del Reloj de 1901


    A la mañana siguiente el calor del sol aprieta suavemente y nuestro atuendo es veraniego, pero aquí los hombres no van con pantalón corto y visten con colores oscuros. Una madre con dos pequeños pide limosna sentada en la acera, envuelta en su chador, la tela que tapa todo el cuerpo desde la cabeza, dejando expuesto el óvalo de la cara. El suyo está cubierto de polvo mientras los niños enredan aburridos a su alrededor y otras mujeres, vestidas a la occidental, pasan sin prestarle atención y cruzan con indecisión un paso de peatones, tratando de esquivar el tráfico. En el Bulevar Fevzi Pasha, una avenida moderna repleta de tiendas, veo a una mujer con niqab, el velo que cubre todo el cuerpo y la cabeza, excepto los ojos. La mezcla de atuendos confiere un tono singular a la ciudad. Al final del bulevar la luminosa mancha azul salpicada de buques del puerto se extiende ante nosotros y nos obliga a cerrar los ojos, la intensidad de la luz sobre el espejo del agua es cegadora. Apenas hay turistas en la plaza Konak Meydani salvo algunos turcos, probablemente venidos de otras provincias o de Estambul, para contemplar la bonita mezquita de Yali Camii o la Torre del Reloj. En un mismo grupo hay mujeres cubriéndose la cabeza con un pañuelo que caminan cogidas del brazo de otras con pantalón muy corto.


     En Esmirna no se siente la islamización de la población, y quizá ejemplifica más que ninguna otra urbe que el proyecto de islamismo no ha calado en la sociedad turca, y que los jóvenes son los que más se alejan de la religión. La monumental mezquita de Hisar Camii de finales del siglo XVI, en el corazón del concurrido y vibrante mercado de Kemeralti, aparece casi vacía al mediodía, apenas unos pocos fieles se acercan a rezar y entre ellos hay adolescentes apoyados en las decoradas columnas que pasan el rato mirando el móvil. Fuera, en el pórtico, el número de fieles que realizan las abluciones o comen es mayor que el de los que atienden dentro las oraciones. En el mercado se venden joyas, alfombras, té, casquería, y huele a especias, pero sobre todo hay puestos de ropa y recuerdos para turistas. Del mercado de Kemeralti dice Reverte que tiene un aire de viejo mercado oriental y que te sientes en un hogar común dondese nace, se vive, se comercia, se ríe, se ama, incluso se muere... En una de las plazas sombreadas bajo un frondoso árbol pedimos un té turco, muy fuerte y caliente, sentados en mesas de juguete, en asientos sin respaldo. Los turcos son grandes bebedores de té.


Bandera nacional y estandarte con el busto de Atatu00fcrk, el padre de la independencia

Bandera nacional y estandarte con el busto de Atatürk, el padre de la independencia


     En Corazón de Ulises” Reverte recuerdaque antes que los otomanos fueron los griegos quienes habían habitado estas tierras durante casi tres milenios, hasta la conquista turca en el s. XVI  que se extendió por la Grecia continental y las islas, y de cuyo dominio el país heleno solo conseguiría independizarse en 1830. Mucho más tarde, aprovechando la caída del imperio otomano en la 1ª Guerra Mundial, los griegos ocuparon Esmirna y su franja costera en 1919 reivindicando la soberanía griega en este territorio, cuna de su ancestral cultura. Pero cuatro años después los turcos, con Ataturk a la cabeza, recuperaron la ciudad y pocos griegos pudieron escapar de la masacre y del incendio que se originó. Attaturk había proclamado la república, había abolido el sultanato y, con la recuperación de Esmirna, el 9 de septiembre de 1922, acabó la presencia griega en Asia Menor. Estos días hay pancartas, carteles y banderas conmemorando ese evento con la cara de Ataturk por todas partes. Algunas tienen al lado frases como Un recuerdo para el centenario de nuestra república”. Ataturk, el hombre de honda mirada y gesto austero, parece inmortal después de casi un siglo de su muerte.


      Recorremos el magnífico Ágora romana, levantada sobre una primitiva ciudad griega, y que conserva canales con el agua transparente que sigue manando de las antiguas termas. Al salir nos enredamos en un jeroglífico de calles que suben hacia las colinas y observamos que, sobre las aceras, los vendedores han dispuesto jaboneras, pilas, peines, espejos, lámparas de segunda mano, incluyendo todo tipo de ropa y zapatos, algunos pantalones tienen las trabillas descosidas. Se afanan en extender su mercancía bien expuesta como si estuvieran decorando un escaparate de navidad, y los posibles clientes fueran, tal vez, gente muy exigente, pero yo solo veo compradores tan humildes como los propios vendedores y hasta aquí parece que no llegan los turistas.


Josu Bilbao VyC 205


Autor: Josu Bilbao Munitiz







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