El 29 de diciembre de 1978, alguno de los que hoy mandan tenía 9 años y no se acordará ni le interesa, cuando el presidente del Centro de Iniciativas y Turismo (CIT) de Ourense, manifestaba: “Declarar algunas calles como peatonales hace la ciudad más humana”. Le contestaba quien suscribe, a él y al concejal de tráfico, que la implantación de la peatonalización sin planificación era inviable.
El entonces alcalde de la ciudad, persona altiva y arrogante, manifestaba que era muy acertada la peatonalización del casco histórico de la ciudad, porque en un viaje que había hecho a Ámsterdam comprobó que el centro peatonal funcionaba maravillosamente. Le manifesté que Ourense, nada tenía que ver con Ámsterdam, porque el acceso a la zona peatonal allí estaba garantizado con aparcamientos próximos y suficientes, del mismo modo que existían unos servicios públicos de transporte, de los que Ourense carecía. Además, esa peatonalización había ido acompañada de una promoción adecuada de la zona, que ya tenía una vida propia anterior. Sin embargo nada de ello concurría en el casco histórico de la ciudad de Ourense. Le manifesté que, sin los estudios necesarios y sin una previa planificación adecuada, limitarse a impedir la circulación de modo absoluto de vehículos en el casco histórico lo iba a convertir en un gueto inhabitable y comercialmente inviable.
Alguno salió en la defensa del presidente del CIT, alegando ser automovilista con más de veinte años de experiencia y que como otros deseaba ansiosamente poder pasear sin riesgos y con pausa.
De nada sirvieron las razones, imperó la potestas, pero un año después, lamentablemente, tenía que poner de manifiesto la realidad en la que se había convertido la zona peatonal. Era un centro de corrupción, de manifestaciones ilegales, de tráfico de drogas y en el lugar de reunión de grupos intimidadores de los ciudadanos. En suma en un territorio peligroso e inhabitable.
El resultado fue que la gente honrada dejó de frecuentar la zona por temor a verse envuelta en una refriega callejera o ser intimidado o atracado por determinados individuos. Y los residentes que tuvieron posibilidades económicas abandonaron sus residencias para irse a otras zonas de la ciudad. Los establecimientos han cerrado y en suma la zona es una zona muerta.
El casco histórico al que la peatonalización iba a convertir en más humano, ha resultado lo que es hoy un lugar inhóspito y totalmente inhabitable como pone de manifiesto la realidad. Desde luego, resulta curioso que ninguno de los que apoyaron la peatonalización se ha ido a vivir allí pese a la humanización que afirmaban suponía la medida.
Y una vez más los ocurrentes, de nuevo surgen con el argumentum ad verecundiam (porque lo digo yo) imponen la ampliación de las zonas peatonales que a ellos no les son aplicables, pues en el casco histórico no vive ninguno y, en cualquier caso, porque a ellos no les afectan, porque circulan por donde les viene en gana. Bloquean la ciudad con el mismo argumento de la humanización que resulta manifiestamente falso. Quizás deberían aprender algo de nuestros vecinos portugueses, sobre el tema, visitando Valença do Miño, Guimaraes o Óbidos, por poner algunos ejemplos y ver como tratan el tema de la peatonalización de los cascos históricos.
Desde que los españoles al fin pudimos acceder a un automóvil, con la aparición del Seat 600, nos desplazamos en coche y esa es la realidad social. Y, resulta que cuando no podemos acceder a una zona en coche, nos desplazamos a aquellos lugares en los que sí se puede acceder. Acaso esa es la oculta finalidad. Pero lo cierto es las zonas inaccesibles por peatonalización, en vez de humanizarse de desertizan, como ha sucedido con el casco histórico en Ourense y obviamente sucederá con el resto peatonalizado. Dice el refrán que la experiencia es la madre de la ciencia, algo que Schopenhauer nos ha dejado claro.
En consecuencia, a la luz de la experiencia, sería necesario conocer a qué ocultos intereses obedece incrementar de nuevo la peatonalización, pues estos ocurrentes, no dan puntada sin hilo.
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