Al final del camino

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Carnicero

   Cuando éramos más jóvenes, hace ya una friolera de años, nos contaban una anécdota de una carrera que habían organizado en un lugar determinado. La carrera de obstáculos consistía en saltar 100 vallas de distintas alturas y llegar a la meta. Entre los participantes había todo tipo de personajes y clases sociales. Y no importaba ni influía el poder adquisitivo, ni la estética, ni la belleza pues todos salían con las mismas oportunidades y condiciones. De este modo, la carrera comenzó y entre todos los participantes hubo uno que destacó y del que aún se habla. El tema es que cuando estaba en la valla número 99, se plantó y se dio la vuelta. Había claudicado y a pesar de verse el primero, quiso descansar sin pensar en las consecuencias, ni en el esfuerzo realizado.


            En nuestra situación actual pasa algo parecido. Habían pensado que la pandemia había pasado de largo, hacia otros lugares, y relajando las medidas ha vuelto a coger a muchos jóvenes y mayores desprevenidos. El incremento de casos positivos es muy preocupante y la economía gime al ver que no hay margen para la famosa autorregulación del mercado. Pero lo positivo de todo esto es que las desigualdades sociales se han hecho más visibles, a pesar de que algunos políticos las negaban. Es más, han aflorado las diferentes culturas dentro del Estado: la catalana,  castellana, gallega y vasca. Si son ahora los catalanes son los más ruidosos, quizás se calmen al ver los recursos económicos que vienen de camino desde la Unión Europea. Sin embargo los gallegos seguimos gobernados por políticos que solo buscan el poder sobre el pueblo. Ya lo decía Risco en su libro -O problema político de Galiza-  “ Ao político oferécenselle dúas finalidades: mandar ou criar. Dos nosos, a ningún lle deu por criar, ou si criaron non foi para Galiza”; y a pesar de que muchas cosas hayan avanzado, otras siguen igual. Los problemas siguen sin resolverse, los presupuestos dan igual, y florecen los iluminados que quieren hacernos creer que los funcionarios públicos son suficientes para llevar adelante un proyecto político. ¡Ya basta!. Es posible que los gallegos sigamos callados, o en todo caso, no hagamos mucho ruido, pero no estamos faltos de entendimiento. Vemos las cosas y decimos que los partidos con estructuras orgánicas estables han decepcionado tanto, que casi nos ahogamos en las mareas, o nos morimos de risa con los payasos de la tele.


    Pero el espectáculo no tiene fin. En materia de educación nunca se ha visto tan claramente la improvisación de la Xunta de Galicia y en sanidad es indignante constatar la falta de médicos en la Comunidad Autónoma. En otras  comunidades las cosas tampoco pintan mucho mejor, y ya no “pongamos que les hable de Madrid”, pues para eso están los que privatizando la sanidad, incrementando la inversión privada tres veces a la pública, quieren convencer a la población de que tienen el sistema sanitario saneado, al alcance de todos. Si los que nos gobiernan llegaran a ver que con la sanidad y la educación no se juega, y que a estos profesionales hay que cuidarles, además de dotarles de medios, habríamos avanzado hacia una sociedad un poco más homogénea en oportunidades. Se hace camino al andar, pero nuestro sendero es pequeño y estrecho, y viendo otros alternativos, en el devenir de los tiempos, es posible que nos resignemos a que todo pase, y optemos por el camino menos malo.

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