Llegamos a Bilbao y, al bajar del tren en la estación de Atxuri-Bilbao, lo primero que llama mi atención es la amplia vidriera policromada realizada por la Unión de Artistas Vidrieros de Irún, símbolo notable de la ciudad. Y a mi mente acuden recuerdos de las antiguas estaciones de aquellos trenes de vapor en los que tantas veces viajé de niño. El edificio de la estación es de estilo modernista una joya arquitectónica de la ciudad situada en el casco viejo, muy próxima a la ría de Bilbao. Su fachada y rosetón son, con el teatro Arriaga, modelos de la zona del Arenal de Bilbao y considerados como patrimonio auténtico de la Belle Époque. Desde luego la primera impresión es más que notable.
Vidriera de la estación, de Atxuri-Bilbao
La ciudad transformada por una verdadera cirugía estructural y urbanística que elimina los grises y las neblinas procedentes de los altos hornos y su industria y recupera la ría, que deja de ser contenedor de sus desechos.
El cambio (“efecto Bilbao”) a una ciudad dedicada casi al cien por cien al sector servicios (con las sedes del BBVA y de Iberdrola), apoyado por una potente inversión en infraestructuras y en la enorme regeneración urbana, artística y cultural, comienza con la inauguración del metro (según las ideas de N. Foster tanto para las estaciones de la línea como en la decoración de las bocas de entrada y salida), continúa su expansión en Abandoibarra (reestructuración de la zona según los principios de César Pelli), con el Museo Guggenheim Bilbao (bajo el diseño y planificación de Frank Gehry), el Palacio Euskalduna, el Zubizuri (puente diseñado por Calatrava), Isozaki Atea (“Puerta Isozaki”, complejo de edificios, con las torres gemelas, del arquitecto Isozaki), el tranvía o la torre Iberdrola (César Pelli), la ampliación y reforma del Museo de Bellas Artes (equipo de N. Foster y L. M. Uriarte), la Biblioteca de la Universidad de Deusto (Rafael Moneo) y continúa proyectándose con más planes contando con arquitectos y escultores de prestigio internacional.
Puente del Arenal y teatro Arriaga
Me viene a la cabeza la trilogía de novelas de Félix G. Modroño, que trata sobre el Bilbao que vio nacer al Guggenheim y que describe el cambio que se ha producido en la ciudad, incluyendo el final del terrorismo de ETA: La ciudad de los ojos grises, La ciudad del alma dormida y La ciudad de la piel de plata.
Por la orilla derecha de la ría se llega enseguida al Mercado de la Ribera, un histórico mercado de abastos (me gusta visitar los mercados de las ciudades, pues te dicen mucho de cómo son sus habitantes). Está ubicado en el centro neurálgico de la ciudad, junto a la Iglesia de San Antón (de estilo gótico de finales del siglo XV, tan popular, que aparece reflejada en el escudo de la ciudad), el puente de San Antón (del siglo XIV) y el antiguo ayuntamiento, junto al casco viejo. El mercado de estilo racionalista, ha sufrido reformas estructurales importantes. Actualmente, además de los puestos típicos de la plaza de un mercado, dispone de gastrobares y terrazas. Frente al mercado, bajo los soportales de la calle, están las Siete Calles. En su origen medieval, la ciudad tuvo tan solo tres calles. En Somera había posadas y caballos, en Artecalle, plateros, zapateros y carpinteros y en Tendería, como su nombre indica, tiendas. Más tarde, se fueron incorporando otras cuatro vías. Belosticalle tenía un fuerte olor a sardinas, en Carnicería Vieja se asentaba el primer matadero de la villa, Barrencalle era lugar de boteros y Barrencalle Barrena, el sitio ideal para anguileros. Además, está la calle de Ronda, donde se puede ver una parte de la muralla.
Las calles peatonales del casco viejo, siempre iluminadas, son el epicentro de la vida nocturna, se dan cita numerosos restaurantes que muestran lo mejor de la gastronomía vasca y aparecen, a cada paso, numerosos bares que venden los mejores pintxos (es todo un espectáculo ver sus mostradores repletos de ellos). Y en la zona se mezclan tiendas y locales antiguos junto a otros muy innovadores.
Allí se encuentra la catedral de Santiago, del siglo XV, gótica. Y no se puede olvidar una fuente tan legendaria como la del Perro, cuyos grifos son, en realidad, cabezas de leones. De paseo por el Casco Viejo llegamos a la Plaza Nueva, que se comenzó a construir en 1829. De estilo neoclásico, tiene planta rectangular y consta de 18 arcos en dos de sus laterales y 15 en los dos restantes, sujetados con columnas dóricas sobre los que se alza una edificación de tres plantas.
Los domingos se celebra un mercadillo que atrae público. Nos dirigimos al Arenal, fachada principal del Casco Viejo, corazón histórico junto a las Siete Calles. Al llegar, veo el teatro Arriaga (neobarroco, inaugurado en 1890). A la derecha, la Iglesia de San Nicolás de Bari (barroca, del siglo XVIII).
Atravesamos la sombreada arboleda del Paseo del Arenal (cuenta con un Kiosco de música, circular, con cubierta volada y de gran expresionismo, inspirado en la forma de una concha. Junto al Mercado de la Ribera es el legado más importante del arquitecto Ispizua en el casco histórico bilbaíno) y seguimos la ría para ir hasta el ayuntamiento.
El consistorio ocupa el solar del antiguo convento de san Agustín, destruido durante la Primera Guerra Carlista. Fue reconstruido a finales del siglo XIX (1892) por el arquitecto municipal Joaquín Rucoba, también autor del teatro Arriaga.
Es de estilo segundo imperio francés. El ayuntamiento permite acceder a las principales estancias del edificio en compañía de un guía.
La mejor posición para ver toda la fachada del Ayuntamiento es junto a la escultura que tiene enfrente, de Jorge Oteiza, denominada “Variante ovoide de la desocupación de la esfera”.
Paso junto al puente ZubiZuri, pasarela peatonal de Santiago Calatrava, que da la bienvenida a la zona conocida como “nuevo Bilbao”. Frente al puente nos encaminamos al funicular de Artxanda.
Artxanda es un monte que está a 250 metros de altura. Es un sitio de ocio muy utilizado y posee un mirador desde el que se divisa toda la ciudad. Y se entiende la razón de qué los bilbaínos lo llaman El Botxo (“El agujero”), ya que Bilbao está rodeada de montañas.
Vistas de Bilbao desde el monte Artxanda
Tras una apetitosa comida seguimos el paseo. Al salir a la ría, cruzamos a la orilla izquierda por el puente de la Salve. Junto a este puente, en la margen izquierda de la ría, se encuentra el Museo Guggenheim Bilbao. Frank Gehry, su arquitecto, quiso integrar este puente en el mismo, construyendo, en su lado izquierdo, según se mira desde el Campo Volantín, una torre alta con escaleras de acceso al museo, el cual se encuentra al lado derecho. El museo es una obra de arte en sí mismo. Sin duda, las obras que se exponen son siempre interesantes, pero tuvimos la suerte de coincidir con una exposición de Yayoi Kusama una artista japonesa que centra su temática en la psicodelia (recomiendo acceder a su biografía). Como digo, era una exposición que nos interesaba visitar y de la que salimos encantados.
Entrada al Guggenheim
A finales de 2006, se confirmó el proyecto de construir un pórtico rojo ideado por el artista francés Daniel Buren. La nueva estructura, Arcos rojos, propuso integrar aún más al puente con el museo, adoptando sus formas curvilíneas.
Carlos Cerdán autor del reportaje ante un Cuadro de Kusama
Muy cerca del Guggenheim se encuentra el Museo de arte contemporáneo (Bilbao Museoa) que, al no tener la popularidad de su vecino, se pude disfrutar con más sosiego. Contiene magníficas obras que abarcan diferentes estilos pictóricos. Barceló. Van Dyck, Oteiza, Ribera, Zurbarán, Goya y Sorolla por citar algunos. Merece mucho la pena visitarlo.
El autor del reportaje,Carlos Cerdán ante un Cuadro de Sorolla
La Gran Vía, arteria principal del Ensanche de Bilbao. A principios del siglo XIX la Villa de Bilbao salta la Ría. Las estrechas calles del Casco Viejo se han quedado pequeñas y se diseña una nueva ciudad, moderna y luminosa. París y Londres son los modelos a seguir. Y en 1876 se inicia en Abando el ensanche de la ciudad. La Gran Vía invita a pasear admirando las fachadas y otros elementos urbanos, como las bocas de metro conocidas como “fosteritos” o el Palacio Foral (sede de la Diputación Foral de Bizkaia). Y esta calle acaba en la Plaza Circular, en cuyo centro se encuentra la estatua de D. Diego López de Haro, Señor de Bizkaia, fundador de la villa en 1300.
Gran Vía Diego López de Haro
Dejamos el último día para dar un paseo por la ría a bordo de una gabarra que nos lleva hasta el puente de Bizkaia de Portugalete muy cerca del mar, un plácido viaje que permite disfrutar de otras vistas.
Sería presuntuoso por mi parte definir Bilbao en una visita de unos días, pero me llevo la sensación de que es una ciudad pensada para sus habitantes. La cantidad de bancos públicos a lo largo de la Ría, así como urinarios, la limpieza de las calles son de esas cosas que hacen la vida más agradable a sus conciudadanos y eso es algo que considero digno de destacar, pues una ciudad es mucho más que sus monumentos y su historia. Y encantados de nuestra estancia volvemos a la estación de Atxuri-Bilbao y vuelvo a contemplar su magnífica vidriera antes de subir al tren de vuelta a casa. Si Unamuno, o Blas de Otero, o Gabriel Aresti, que escribió sobre las chabolas y la pobreza del Bilbao de posguerra pudieran ver cómo ha cambiado la ciudad…
Carlos Cerdán
Comentarios