De cómo surgió la idea
Mencionar la Ruta de la Seda, evoca lugares fantásticos, mundos irreales, civilizaciones perdidas a las que no parece que se pueda llegar si no es en alfombra voladora, con el pasaporte de los sueños y con la imaginación por equipaje.
Pero pongamos un pie en tierra firme y reconozcamos que lo anterior es una mentira de las gordas. Para empezar el origen y destino a que nos podemos referir están a miles de kilómetros a lo largo de tres continentes y varios océanos, caminos que atravesaban cordilleras, valles, desiertos en los que se buscaban oasis, puertos, karavansarai, lugares en los que lograr un descanso. Un camino que además no siempre era el mismo, debido a las inclemencias del tiempo, los procesos geológicos, los bandidos, las situaciones políticas, que iban desviando la trayectoria y había que buscar diferentes alternativas.
Y si nos ponemos ortodoxos y queremos ser precisos, la "Ruta de la Seda" no existió mientras duró. Jamás hubo un camino fijo, algo que sugiriera un trazado, una calzada como las que hacían los romanos, que uniera Oriente con Occidente por el que además de seda –material noble donde lo haya– circulaban no solo otras muchas mercancías, sino pueblos, lenguas, escrituras, religiones y culturas. Y por supuesto, los mercaderes y viajeros que recorrieron ese trayecto jamás se refirieron a él como "Ruta de la Seda".
Rutas de la seda
Fue en el siglo XIX, cuando aquella ruta prácticamente se estaba dejando de usar al surgir otras alternativas de transporte, cuando se utilizó por primera vez este término gracias a un ingeniero y geógrafo alemán, Ferdinand von Richthofen, que fue enviado a China para ver la posibilidad de construir un ferrocarril entre Shandong, provincia costera situada en noreste de China, y Alemania. Este hombre era un científico concienzudo, pero también una humanista capaz de leer las grandes líneas de la historia. Sus trabajos explorando el territorio se prolongaron durante cuatro años en los que comprobó la existencia de una red muy antigua de caminos que conectaban China con Asia Central y cuando finalmente, en 1877, publicó sus conclusiones lo hizo bajo el título Die Seidenstrassen, que se podría traducir por "las calles de la seda".
La obra de Richthofen, compilada en cinco volúmenes, era un exhaustivo y sesudo trabajo de investigación poco ameno, pero que aportaba datos interesantes, como traducciones de antiguos tratados chinos de geografía que llevaron a los investigadores a cotejarlos con estudios grecorromanos del comercio con Oriente. Esta línea de investigación despertó el interés del sueco Sven Hedin, que había sido discípulo de Richthofen en la universidad de Berlín, y cuando en 1933 le encargaron el trazado de una carretera entre Pekin y Kashgar, continuó las investigaciones de su maestro y publicó sus conclusiones en un ameno libro lleno de aventuras y exotismo que fue un éxito editorial de inmediato y circuló por Europa bajo el título en inglés “The Silk Road”, acuñando este término para la posterioridad.
Que esta telaraña de caminos tenga un autor resulta increíble y hasta inverosímil. Pues sí, lo tiene. Y se llama Zhang Qian.
Pero pongámonos en antecedentes. A mediados del primer milenio antes de Cristo, los chinos que habían forjado sus comunidades entorno al río Huáng Hé, que nosotros conocemos como Río Amarillo, sufrían continuos ataques por parte de los xiongnu, tribus bárbaras que vivían en el norte. Las tierras que se extendían entre Mongolia y el Cáucaso eran inclementes, con un clima extremo de veranos ardientes e inviernos glaciales, donde la agricultura era imposible y la ganadería precaria, a la busca continua de pastos y agua. Y las gentes que la habitaban eran tan duras y salvajes como el terreno que habitaban y no tenían ningún reparo en atacar a sus vecinos del sur cada vez que se las veían tiesas y eso ocurría cada dos por tres. Las autoridades chinas trataron de hacer frente a los asaltos, primero combatiendo a campo abierto, luego construyendo fortalezas a lo largo de toda la frontera norte y hasta trataron de comprarles con obsequios, aunque aquellos brutos nada sabían apreciar. Pero no sirvió para nada.
La meseta de Pamir
Es posible que una de las causas de su debilidad era la desunión entre los pueblos y cuando el reino de los Qin se impuso sobre todos los demás, fundando el primer gran Estado unificado chino, surgieron grandes esperanzas de acabar con los continuos ataques de los xiongnu. El Primer Emperador de China, Qin Shi Huangdi (221-210 a.C.), construyó cuarenta y cuatro ciudades amuralladas para proteger las fértiles orillas del río Amarillo, trazó caminos para facilitar el desplazamiento de las tropas y unió todas las fortalezas construidas por sus predecesores para levantar una barrera infranqueable: la Gran Muralla.
Qin Shi Huangdi, primer emperador de China
Pues eso algo hizo, porque los xiongnu viendo las dificultades que les ponían los vecinos del sur atacaron a los pobladores del oeste, unas gentes llamadas yuezhi, a los que desplazaron más al oeste aún. Los yuezhi mantuvieron ocupados a los xiongnu durante un tiempo, pero cuando fueron derrotados y se retiraron a las tierras de Asia Central, los xiongnu volvieron a las andadas.
China también había cambiado, la dinastía Qin, instaurada por el Primer Emperador, había sido derrocada poco después de la muerte de su fundador, y en el 206 a.C. la dinastía Han se había hecho con el poder comprobando lo difícil que era mantener a raya a los bárbaros. Cuando en el año 141 a.C. subió al trono Wu, sexto emperador de la dinastía Han, organizó su territorio reformando el imperio y sentando las bases de su organización sobre los principios confucianos, una economía fuerte y un ejército bien disciplinado. Pero también razonó que para vencer a sus eternos enemigos iba a necesitar aliados. Supo, a través de sus prisioneros xiongnu, que un tiempo atrás habían derrotado a un pueblo llamado yuezhi y pensó que estos podrían querer venganza. Pero primero había que encontrarlos. Pidió un voluntario que se aventurara en terrenos enemigos, inhóspitos, inclementes y peligrosos para buscar a este pueblo y Zhang Qian se prestó a ello llevando a un esclavo xiongnu, llamado Ganfu, conocedor del terreno por el que iba a aventurarse y una pequeña comitiva.
Diez años le costó a Zhang Qian su aventura. Atravesó zonas desérticas donde escaseaban el agua y el alimento, estuvo prisionero de los xiongnu, se escapó aprovechando un descuido, llegó a un muro infranqueable que era el desierto de Taklamakán y lo rodeó por el norte. Finalmente llegó a un valle delicioso conocido como la Ferganá, allí sus habitantes amables, pacíficos y civilizados le dieron todo tipo de facilidades para llegar a los yuezhi que también le acogieron cálidamente, pero se negaron en redondo a participar en ninguna alianza militar.
Las especias fueron una de las mercancías más importantes
Zhang Qian estuvo intentando hacerles cambiar de opinión durante un año, pero al final con la misión fracasada emprendió el regreso y tras la experiencia de viaje de ida tomó un camino que bordeaba el desierto por el sur por donde también sufrió todo tipo de penalidades y terminó de perder a su pequeña comitiva, llegando a la capital únicamente acompañado por su fiel esclavo Ganfu.
Si bien su misión diplomática para establecer alianzas había sido un desastre, encontró en aquel entorno “perdido” (para los chinos) productos y mercancías familiares, procedentes de China, ¿Cómo era posible que tales productos se pudieran vender en un lugar tan apartado que solo podía alcanzarse a través de un viaje tan penoso? Los comerciantes le aclararon que a ellos no les llegaban estas mercancías del este, sino del sur. Zhang Qian contó al emperador toda la información que había obtenido de su paso por tierras exóticas y desconocidas, describió con minuciosidad los reinos que bordeaban el desierto de Taklamakán, donde abundaban las piedras preciosas, la vida en el fértil, rico y pacífico valle de la Ferganá… pero su descripción concluyó con un especial interés en cuestiones económicas.
Borde del desierto de Taklamakan
El carismático emperador Wu fue muy capaz de sacar partido a las informaciones de su embajador y rápidamente se pusieron en marcha campañas que combinaban la diplomacia con las expediciones militares a las que se iban incorporando comerciantes arriesgados.
Kashgar, la modernidad y la tradición se hermanan en la Ruta de la Seda
Hacer la Ruta de la Seda es imposible porque sería imposible determinar un camino de los muchísimos que la formaron, pero si se pueden elegir algunos puntos, casi inevitables, por los que pasaba. Lugares que prosperaron económicamente a lo largo de los tiempos y hoy son grandes urbes.
También hay que descartar la romántica idea de encontrar karavansarais rodeados de dunas y con camellos cargados de ricas mercancías…
Pero sí, la historia nos espera, caminemos por ella descubriendo sus secretos.
Comencemos…
Autora: Susana Ávila
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