Recurro a mis notas como quien se asoma a un río inverso, un cúmulo de pequeñas nubes cargadas de aguas prodigiosas que, en ocasiones, amenazan con inundarlo todo. No poseo esa mítica memoria de elefante que algunos se atribuyen; la mía es la simple y necesaria evanescencia de haber anotado con profusión aquello que, en el instante preciso de una lectura atenta, de un libro o de una entrevista, o una conversación reveladora, pueda que casual, logró atraer mi atención consciente. Esas notas son el combustible de la imaginación y la posibilidad de un futuro que se construye sobre lo que otros pensaron antes. En medio de los días siempre paradójicos y sorprendentes, surge hoy la figura de un gigante que acaba de cruzar el umbral de la historia: el autor portugués António Lobo Atunes, aquel que escribió: “Lo más que, en general, recibimos de la vida, es cierto conocimiento de ella que llega demasiado tarde”.
Lobo Antunes, fallecido este 5 de marzo de 2026, fue mucho más que un escritor; fue un psiquiatra de las palabras que supo diseccionar la condición humana con la precisión de un cirujano y la angustia de un superviviente. Nacido en el barrio lisboeta de Benfica en 1942, en el seno de una familia de la alta burguesía médica, su destino parecía trazado entre estetoscopios y consultas. Su padre, João Alfredo Lobo Antunes, fue un destacado neurólogo, asistente de Egas Moniz, y esa herencia de bisturí y cerebro marcó su destino. Sin embargo, la guerra colonial en Angola, donde sirvió como médico militar entre 1971 y 1973, fracturó su realidad y le dotó de una mirada que nunca más pudo ser complaciente. Allí, entre el polvo de Gago Coutinho y la desesperación de las trincheras, nació el escritor que regresaría a Portugal para revolucionar la narrativa lusa.
En mis cuadernos guardo, como tesoros rescatados del naufragio, sus reflexiones sobre el oficio de escribir. El autor de “Memoria de elefante” sostenía que hay una maquinaria invisible detrás de cada página, un engranaje que el lector no debe percibir porque, si se nota el truco, el libro pierde su magia. Para él, la literatura no era una cuestión de musas ni de ese “duende” en el que tantos confían, sino de un trabajo extenuante y riguroso. “El trabajo es el que te permite hacer creíble el relato”, decía con la autoridad de quien ha pasado noches enteras peleando con la sintaxis para que la emoción no se desbordara en un caos estéril. En sus primeras obras intentaba trabajar con un plan muy detallado por inseguridad, pero con el tiempo comprendió que la escritura tiene su propia biología.
Su prosa, densa y laberíntica, se alejaba de la “frase bonita” que tanto detestaba, considerándola un tributo a la vanidad del autor. Para el escritor portugués, escribir y hacer el amor estaban interligados por una lucha carnal, una intimidad que exigía apretar y abrazar las palabras hasta sacarles el alma. En sus textos, el ruido comenzaba cuando las personas se callaban y empezábamos a oír los pensamientos moviéndose dentro de ellas, como las piezas de un motor averiado que busca desesperadamente un ajuste imposible. Esa capacidad para retratar el envés de la existencia le convirtió en un autor de culto, capaz de transformar la tristeza y el miedo en una forma suprema de elegancia. Detestaba lo que en el miedo existe de untuoso y lo que en la desesperación existe de obsceno.
Lobo Antunes solía decir - y cómo me gusta esto-, que su país no era Portugal, sino una patria habitada por Mozart, Chéjov, Tolstoi, Velázquez y Unamuno; creadores que le habían dado la alegría y la belleza necesarias para soportar la vida. Sin embargo, su conexión con la tierra lusa era innegable, aunque la definiera con esa melancolía tan propia: “Portugal es lo que el mar no ha querido”.
Hoy, al revisar mis notas, comprendo que sus libros deben leerse como quien contrae una enfermedad. No son narraciones para lectores desprevenidos, sino para aquellos dispuestos a emprender un viaje hacia la negrura del inconsciente, hacia la raíz de la naturaleza humana. Quien busque solo el aspecto político o antropológico de sus relatos sobre África se quedará en la superficie. Su partida deja un vacío inmenso en las letras universales, pero nos queda su advertencia final: un libro está terminado cuando ya no te quiere más. Y sus obras, afortunadamente, nos seguirán queriendo y desafiando mientras existan lectores dispuestos a buscar la verdad detrás de la mentira literaria. La elegancia, como él decía, es la forma suprema del coraje, y su literatura fue, hasta el último aliento, un ejercicio de valentía inigualable. “A veces la crítica escribe sobre personajes que ella misma inventa y sobre libros que también inventa, y no sobre personajes reales o libros reales”, eso es lo que dijo antes de que fuera demasiado tarde.
Alberto Barciela
Periodista
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