Viñedos y bodegas del Linaje Garsea

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Hay algo que se nota en un vino especial. Algo que está más allá de las sensaciones que pueden traducirse en una cata y valorarse, con cierta frialdad, del uno al diez…Ese algo, que no tiene nombre, es lo que queda en el vino de todos los momentos que alguien ha disfrutado al hacerlo.Linaje Garsea tiene mucho de ese algo. 


Tiene el sabor de los paseos por las viñas al amanecer. De quedarse mirando el único rayo de sol del invierno ribereño iluminando lo que aún es la promesa de una uva excelente. Tiene el aroma de las horas, de los días pensando y probando. Y el silencio lleno de matices de una tarde escuchando respirar a las barricas de roble en la bodega. Ese algo es el cariño de siete hermanos que vivimos el vino sin medias tintas. Que recibimos un legado, y lo intentamos convertir en una expresión de respeto, pasión y buen hacer. Y disfrutamos con ello cada día. Por eso, si ese algo quisiera tener el nombre que aún no tiene, ese nombre sería el de Linaje Garsea.


Cata Linaje Garsea Crianza  


El río habla, la tierra aprende


Valdecobos, proporcionada en arcillas y calizas y rica en hierro, potasio y otros minerales, produce en uno de los valles internos más preciados de Ribera del Duero al sufrir menos el rigor de las heladas de primavera y otoño, recibir un sol que madura el fruto a la perfección y apenas necesitar tratamientos no ecológicos, ni abonos en las viñas, Junto a la Bodega Linaje Garsea, la segunda zona de viñedos corre paralela al Río Duero en los límites de Aranda.


La tierra, más húmeda y rica en materia orgánica pero también más expuesta a la dureza del clima, alberga viñas que hay que cuidar con esmero, darles un trato especial, estar más pendientes de ellas, pues el agua aflora con facilidad y hay que bajarla con franjas de drenaje para que las raíces la busquen con mimo, consiguiendo así menos uva pero de una excelente calidad.La Quiñonera es un terreno parco, rudo, sin agua. Arcilloso y muy mineralizado, da uvas pequeñas, compactas. Uvas sensacionales que empiezan ya a escribir nuestro futuro.Las explotaciones, en total 51 hectáreas entre las propias y las familiares, todas cuidadas por nosotros, con viñas de hasta más de 45 años, no superan las 3.000 cepas por hectárea, muy por debajo de las 4.000 permitidas por el Consejo Regulador de la Denominación de Origen que avala nuestros vinos, con el fin de garantizar un mejor reparto de la viña y el mayor control de su producción.


Las cuatro estaciones, los cinco sentidos


La viña es un ente vivo, y si la quieres te quiere. Cada sorbo de vino que resultará al final, es un regalo único.En invierno, la vid descansa. Podamos dejando solo tres brotes para el futuro y, pasadas las heladas, los dejaremos en dos. Resistir al hielo, bueno para el suelo pero peligroso para la planta, habrá sido una prueba superada. En primavera, los primeros vestigios de vida nos encuentran en el campo, ayudando a la vid con una poda de ramaje para que reparta la sacarosa por menos pámpanos y hojas, enriqueciendo así cada uva que nace.Durante el verano dejamos que el crecimiento sea lo más natural posible, eliminando las hierbas con cultivadores para evitar el uso de herbicidas.En otoño, con el fruto cogiendo ya volumen. Hechas ya las dos podas de uva. Sí, de uva, para lograr una producción menor pero de mucha más calidad. Y sí, lo hacemos en dos veces para que la planta note menos la falta de racimos y regule con naturalidad su propio metabolismo.Y sin salir del otoño, llega la vendimia. 


Todo el trabajo del año se recompensa con más trabajo, si cabe aún más importante y crucial para la familia: seleccionar qué uvas merecen convertirse en buen vino, coger siempre a mano, sintiendo su latido, solo las que han alcanzado el punto de maduración óptimo, a veces de noche para evitar que el calor arranque su fermentación antes de tiempo, y limpiándolas y apilándolas con cuidado al llegar a la bodega, en cajas de 12 a 20 kilos a lo sumo para poder vigilarlas y evitar que se deterioren.


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Saber y magia, tiempo y roble


Al llegar la uva a la bodega, seleccionada una vez más y despalillada, reposará unos días en depósitos de acero de no más de 15.000 litros, macerando en pequeñas cantidades para extraer lo mejor de cada fruto.A las dos horas aproximadamente, la uva 100% tinta habrá sangrado el mosto que ya anuncia convertirse en un excelente vino rosado. El hollejo resultante enriquecerá los vinos tintos de crianza y reserva.


Para los tintos, en esta primera fase las uvas maceran de 5 a 7 días para los jóvenes y unos 9 para los crianzas y reservas. En este tiempo la propia uva habrá soltado lo que necesitamos de ella, y habrá arrancado la fermentación con las levaduras autóctonas que lleva en su piel.Pendientes en todo momento de lo que ocurre dentro de los depósitos, éstos se mecen manualmente con frecuencia para refrescar el hollejo (el “sombrero”) que va quedando en la parte superior, y se riega hasta 4 veces al día con el mosto en fermentación que ocupa la parte inferior. De esta forma mejoramos la homogeneidad del vino, favoreciendo una fermentación alcohólica equilibrada que explota toda la riqueza de la uva.Tras la fermentación alcohólica y el prensado manual, la fermentación maloláctica, activada por los elementos de la propia uva, redondeará el carácter natural y sano de nuestros vinos.


Una vez limpio de impurezas, el vino, en nuestro caso siempre sin filtrar, descansará en barricas de roble americano de Missouri y Kentuky, francés de Alier y Vosge, y también húngaro y español. De 3 a 5 meses el Joven Roble. De 6 a 8 el de Vendimia Seleccionada para terminar de reposar en botella. Los 12 exigidos y 2 más el Crianza, perfeccionándose otros 12 ó 14 en botella. Y el Reserva, 16 meses en barrica y otros 20 en la botella.



Fuente:Elaboración propia y Viajes y Turismo

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